Luchando contra la leucemia

Nuestra historia

Su historia

Hasta mediados de 2025, nuestra vida transcurría con la tranquilidad de cualquier familia. En cuestión de semanas, un diagnóstico de leucemia lo cambió todo.

Esta es la historia de Freddy, nuestro papá: el diagnóstico en agosto de 2025, los meses de hospitalización, la doctora que abrió una nueva oportunidad con el blinatumumab y la lucha que hoy sostenemos para que su tratamiento pueda continuar.

Actualizado: Agosto de 2026

Video sobre su historia y proceso de recuperación.

Antes de que todo cambiara

Hasta mediados de 2025, nuestra vida transcurría con la tranquilidad de cualquier familia, compartíamos los fines de semana, celebrábamos los pequeños momentos, hacíamos planes y disfrutábamos del tiempo juntos, sin imaginar que, en cuestión de semanas, todo cambiaría por completo.

Nuestro papá, Freddy, siempre ha sido el pilar de nuestra familia, un hombre trabajador, íntegro y profundamente comprometido con quienes ama, durante muchos años ha dedicado su vida a su familia, a su trabajo y al servicio de los demás, encontrando también en la fe una parte importante de su vida, quienes lo conocen saben que siempre está dispuesto a ayudar, a dar un consejo o a tender una mano cuando alguien lo necesita.

Como padre, nunca nos faltó su apoyo, su cariño ni su ejemplo, nos enseñó que las cosas se consiguen con esfuerzo, honestidad y perseverancia, siempre estuvo presente en los momentos importantes de nuestras vidas, celebrando nuestros logros y acompañándonos en cada dificultad, gracias a él entendimos que la verdadera riqueza está en la familia y en el amor que se comparte cada día.

Por eso, cuando todo parecía marchar con normalidad, jamás imaginamos que una enfermedad llegaría nuevamente para poner a prueba nuestra fortaleza, nuestra fe y todo aquello que habíamos construido juntos.

El día que el mundo se detuvo

Hay noticias que dividen la vida en un antes y un después. Para nosotros fue un día de agosto de 2025.

Sin saberlo, estábamos a punto de comenzar el desafío más grande que habíamos enfrentado como familia.

Durante las últimas semanas de julio y los primeros días de agosto empezamos a notar que algo no estaba bien, nuestro papá, que siempre había sido una persona activa y llena de energía, comenzó a sentirse inusualmente cansado, al principio pensamos que podía tratarse del trabajo, del estrés o simplemente del paso del tiempo, nadie imaginaba que esos pequeños cambios serían las primeras señales de una enfermedad tan seria.

Con el paso de los días aparecieron otros síntomas que empezaron a preocuparnos, un moretón apareció sin explicación, el cansancio era cada vez más evidente y las noches dejaron de ser tranquilas, poco a poco entendimos que aquello no era algo pasajero.

El 13 de agosto acudimos a una consulta con una médica internista, después de evaluarlo solicitó varios exámenes de sangre para encontrar la causa de aquellos síntomas, al día siguiente, el 14 de agosto, recibimos los resultados de la biometría hemática y, en cuestión de minutos, nuestra vida cambió para siempre: los resultados mostraban una cantidad muy elevada de blastos en sangre periférica.

Sin perder tiempo, acudimos esa misma noche a un hematólogo amigo, quien nos recibió con una calidad humana que nunca olvidaremos, a pesar de la hora nos atendió con calma, realizó una evaluación completa y preparó un frotis de sangre periférica, al terminar nos habló con la sinceridad y la sensibilidad que ese momento exigía, nos explicó que todo apuntaba a una leucemia y que debíamos asumir la situación con la mayor seriedad, aunque aún faltaba un estudio fundamental para confirmar el diagnóstico: la citometría de flujo.

Todavía existía una pequeña esperanza de que las cosas fueran diferentes, mis padres se aferraban a ella, yo también quería hacerlo, pero, como médico, entendía lo que aquellos resultados significaban y, en el fondo, hubiera dado cualquier cosa por estar equivocado, los siguientes días estuvieron llenos de incertidumbre, esperar el resultado definitivo se hizo eterno, intentábamos mantener la calma mientras nuestra mente imaginaba todas las posibilidades.

Finalmente, el 18 de agosto de 2025 recibimos la confirmación: la citometría de flujo confirmó el diagnóstico, nuestro papá tenía una leucemia linfoblástica aguda de células B.

Recuerdo que la primera pregunta que hizo fue tan sencilla como devastadora: «¿Qué me va a pasar?», después preguntó si tenía cura y cuándo podría volver a trabajar, recuperar su rutina y volver a la vida que tanto disfrutaba, el hematólogo respondió cada una de sus dudas con honestidad, explicándonos el tratamiento que vendría y el largo camino que teníamos por delante.

Al salir del consultorio hubo momentos de silencio que todavía recordamos con claridad, mis papás se abrazaron y lloraron como nunca antes los habíamos visto, mi mamá sabía, por experiencia propia, lo que significaba enfrentarse a un tratamiento oncológico, apenas unos años antes había luchado contra un cáncer de mama, y volver a recorrer ese camino, esta vez acompañando a su esposo, parecía imposible de comprender.

Por mi parte intentaba mantenerme fuerte frente a ellos, sin embargo sentía miedo, impotencia y una enorme responsabilidad, no dejaba de pensar en una sola cosa: cómo conseguir el mejor tratamiento posible para mi papá.

Antes de irnos, él se acercó a abrazarme, en ese momento reuní todas las fuerzas que me quedaban y le hice una promesa que hasta hoy sigue guiando cada una de nuestras decisiones: «Tranquilo, papá. Vamos a luchar juntos. Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para verte salir adelante.»

Aquel día terminó una etapa de nuestras vidas y comenzó otra completamente distinta, sin saberlo, acabábamos de iniciar una lucha que transformaría para siempre a nuestra familia.

Cuando la esperanza fue puesta a prueba

Hay momentos en los que la lucha deja de medirse en días y comienza a medirse en pequeñas victorias. Levantarse de la cama, sonreír, terminar una comida o simplemente escuchar una buena noticia se convierten en motivos para seguir adelante.

Después del impacto inicial llegó una etapa completamente distinta, el tratamiento había comenzado y, aunque los primeros resultados nos daban motivos para mantener la esperanza, el camino estaba muy lejos de ser sencillo, saber que la enfermedad estaba respondiendo era un alivio inmenso, pero ver a nuestro papá enfrentar las consecuencias del tratamiento nos recordaba cada día que aún quedaba un largo recorrido por delante.

Durante las semanas de hospitalización solo podíamos verlo una hora al día, el resto del tiempo permanecíamos afuera esperando noticias, su habitación tenía una ventana que daba hacia la calle y esa ventana terminó convirtiéndose en nuestra forma de estar juntos.

Cada mañana lo llamaba por teléfono y él se acercaba para verme desde el otro lado del vidrio, hablábamos de cualquier cosa, muchas veces intentando aparentar que todo estaba bien, aunque los dos sabíamos que la realidad era muy distinta, no podíamos abrazarnos, pero bastaba con vernos para sentir que seguíamos acompañándonos.

A las dos de la tarde llegaba la hora de las visitas, era el momento que más esperábamos y, al mismo tiempo, el más difícil, muchas personas se acercaban a visitarlo porque era alguien muy querido y, aunque eso nos llenaba de gratitud, hubo días en los que ni siquiera alcanzábamos a entrar, entonces volvíamos a la ventana, con el tiempo entendimos que, incluso detrás de un vidrio, el amor también sabe acompañar.

Cuando terminó la primera etapa del tratamiento pensamos que podríamos respirar un poco, pero octubre llegó con nuevas complicaciones, nuestro papá volvió a ingresar al hospital por una infección mientras sus defensas estaban prácticamente ausentes, los días pasaban y ningún médico lograba encontrar la causa, cada jornada parecía traer un problema diferente y verlo tan debilitado, sin fuerzas, con su cuerpo intentando resistir una quimioterapia tan intensa, fue una de las experiencias más duras que hemos vivido.

Nunca olvidaremos un día en particular, después de pasar horas esperando noticias recibimos una llamada de mi mamá diciéndonos que algo no estaba bien, mi papá había intentado levantarse sin fuerzas y terminó cayendo al suelo de la habitación en la cual se encontraba aislado, permaneció allí hasta que un miembro del equipo médico pudo ayudarlo.

Para muchos esa podría parecer una escena más dentro de una hospitalización, pero para nosotros significó ver cómo un hombre que siempre había sido fuerte, independiente y dispuesto a ayudar a los demás necesitaba ahora que otros lo levantaran, fue uno de los momentos más dolorosos de todo este proceso.

Poco después apareció otra complicación que hizo aún más difícil su recuperación, cada día había que realizar curaciones debido a un absceso con el fin de evitar nuevas infecciones y favorecer la cicatrización, con el tiempo ese tipo de tareas terminó siendo parte de nuestra rutina.

Dejé de pensar como hijo durante esos momentos y traté de ayudarlo como médico, él sentía vergüenza y muchas veces me decía que le incomodaba que fuera yo quien realizara las curaciones, por mi parte respondía que dejara de verme como su hijo por unos minutos y me permitiera hacer mi trabajo, porque lo único que quería era verlo recuperarse, nunca importó la hora ni el cansancio, si era necesario levantarme para atenderlo lo hacía con la tranquilidad de saber que cada pequeño cuidado también era una forma de decirle cuánto lo queríamos.

A pesar de todo jamás dejamos de creer que existía un camino mejor, mientras acompañábamos cada hospitalización también buscábamos respuestas, leía todo lo que encontraba sobre la enfermedad, hablaba con especialistas, revisaba investigaciones y buscaba alternativas dentro y fuera del país, no quería quedarme con la duda de si habíamos hecho lo suficiente, sin saberlo, esa búsqueda nos llevaría semanas después a conocer a la doctora que cambiaría por completo el rumbo de esta historia.

Cuando encontramos una nueva oportunidad

A veces la esperanza no llega en forma de una respuesta. Llega en forma de una persona que decide mirar un poco más allá.

A finales de diciembre sentíamos que habíamos llegado a un punto en el que ya no podíamos seguir esperando, mi papá había pasado por una inducción de más de un mes, varias consolidaciones, una neutropenia febril, una infección que terminó complicándose, una encefalopatía hepática y semanas enteras en las que su cuerpo parecía no tener fuerzas para responder.

A pesar de todo, la enfermedad había respondido y la enfermedad mínima residual había sido negativa, pero su estado general seguía siendo muy frágil, ya habíamos estudiado a sus hermanos para un posible trasplante y dos de ellos eran compatibles, en teoría, ese parecía ser el siguiente camino, pero yo sentía que todavía tenía que buscar algo más.

Una doctora en Cuenca nos habló de la Dra. Bella Maldonado y nos dijo, con mucha sinceridad, que era la persona que podía ayudarnos a decidir cuál debía ser el siguiente paso, no sabíamos qué iba a pasar, solo sabíamos que teníamos que intentarlo.

Salimos de Cuenca el 27 de diciembre, viajábamos con mi papá en unas condiciones que hoy todavía me cuesta recordar, estaba amarillo, edematizado, especialmente de sus piernas, y muy frágil, llegamos a Guayaquil un día antes de la cita porque no queríamos correr el riesgo de llegar tarde, la cita estaba prevista para las dos de la tarde, pero nos recomendaron estar temprano porque la doctora llegaría antes.

Llegamos a las oficinas de la UTMO sin conocer el lugar y con una mezcla de miedo y esperanza, yo llevaba conmigo prácticamente toda la historia de mi papá: exámenes, estudios, informes, resultados, todo lo que habíamos conseguido durante aquellos meses.

Cuando la Dra. Bella llegó, recuerdo haber sentido una impresión muy particular, era imponente, no porque fuera una persona distante, sino porque transmitía esa seguridad que tienen algunos médicos que conocen profundamente lo que hacen, internamente yo pensaba si estaría a la altura de explicarle un caso tan complejo y, al mismo tiempo, solo quería que aceptara a mi papá.

Nos sentamos y me pidió que le explicara el caso, entonces empecé, le conté todo: el diagnóstico, el PETHEMA, las complicaciones, la respuesta al tratamiento, el estado en el que se encontraba y el camino que hasta ese momento pensábamos que nos esperaba, le mostré los estudios de compatibilidad de sus hermanos y le expliqué que, según lo que nosotros entendíamos, el trasplante parecía ser la siguiente gran batalla, ella escuchó, estaba realmente entendiendo la historia.

Después examinó a mi papá, y ahí ocurrió algo que para mí fue muy importante, la relación entre ellos fluyó desde el primer momento, hablaron, intercambiaron comentarios y, dentro de todo lo que estábamos viviendo, consiguió sacarle una sonrisa, yo estaba sentado observando cómo lo trataba y pensando en algo que hacía mucho tiempo no sentía: tranquilidad, por primera vez en meses tenía delante a una médica que no estaba viendo solamente una leucemia, sino a mi papá.

La consulta terminó y la doctora nos dijo que iba a estudiar su caso y que se comunicaría conmigo, ella tenía que salir de la ciudad para pasar Año Nuevo, si hubiéramos viajado unas horas después o si hubiéramos decidido esperar, quizá aquella oportunidad no habría ocurrido de la misma manera, muchas veces he pensado que Dios estuvo presente en cada uno de esos momentos.

Regresamos a Cuenca y mi papá seguía mal, pero algo había cambiado, al día siguiente recibí la llamada de la Dra. Bella, me dijo que quería iniciar blinatumumab, en ese momento, para mí, aquello fue una noticia enorme, yo había leído durante meses sobre las alternativas disponibles para la leucemia linfoblástica aguda y sabía lo que significaba ese tratamiento, no había tiempo que perder, le dije que sí.

En principio, el blinatumumab se planteaba como un puente hacia el trasplante, yo ya me estaba preparando mentalmente para esa posibilidad, durante meses había pensado que el trasplante podía ser la única oportunidad de conseguir una remisión duradera y, cuando mi papá estaba peor, yo le repetía que tenía que resistir porque todavía nos quedaba esa batalla.

Pero entonces llegó una noticia que cambió completamente el panorama: la Dra. Bella había conversado el caso con colegas de Estados Unidos y, alrededor del 12 o 13 de enero, nos explicó que el blinatumumab podía utilizarse como consolidación para buscar una remisión más prolongada, el plan inicial contemplaba cinco ciclos y, si todo marchaba como esperábamos, el temido trasplante podía dejar de ser necesario.

Yo me quedé incrédulo, durante meses había preparado mi cabeza para ver a mi papá atravesar otro tratamiento extremadamente agresivo, había pensado en el trasplante, en sus riesgos y en lo que podía significar para él después de todo lo que ya había soportado, y de repente alguien nos estaba diciendo que podía existir un camino diferente, mi papá escuchó la noticia y lo primero que dijo fue: «Gracias, Dios mío.»

Para él significaba algo más que cambiar un tratamiento, significaba que quizás no tendría que someterse a otra quimioterapia mieloablativa después de todo lo que ya había sufrido, para mí significaba que, por primera vez en mucho tiempo, podía mirar el futuro de mi papá sin sentir que todo dependía de llegar vivo al siguiente procedimiento.

El 7 de enero había comenzado la primera infusión de blinatumumab, yo estaba prácticamente solo con mi papá, mi mamá y mi tía habían regresado a Cuenca y despedirme de mi mamá me había partido por dentro, nunca habíamos estado tanto tiempo separados.

Pero una vez más, las cosas fueron diferentes a lo que yo había imaginado, me permitieron quedarme dentro del hospital, en un sofá cama junto a mi papá, para mí aquello era un lujo, después de tantos meses de sentir que tenía que luchar por cada minuto que podía verlo, poder estar a su lado, acompañarlo y atender cualquier cosa que necesitara era una alegría inmensa.

La infusión comenzó alrededor de las cinco de la tarde del 7 de enero, recuerdo haber visto aquel suero y pensar que, para cualquiera, podía parecer simplemente otra bolsa de medicación, pero yo sabía todo lo que había detrás de ella, lo difícil que había sido llegar hasta ese momento y lo que significaba para nosotros tener finalmente acceso a una alternativa que podía cambiar el rumbo de su enfermedad, ese día salí un momento y miré al cielo, era una tarde soleada de Guayaquil, me persigné y agradecí a Dios por la oportunidad que estábamos teniendo.

Mi papá sabía lo que estaba recibiendo, ya conocíamos de cerca el concepto de inmunoterapia por el tratamiento que había recibido mi mamá años atrás, sabía que no iba a ser fácil y que podía tener efectos secundarios, pero también entendía que aquello era diferente a lo que había vivido durante la inducción y las consolidaciones anteriores, había miedo, claro, pero también había una sensación nueva: esta vez sabíamos por qué estábamos luchando.

Los ciclos fueron largos, pasar al menos 28 días conectado a una infusión continua no es sencillo para nadie, hubo fiebre, infecciones, tormentas de citocinas y momentos en los que nuevamente tuvimos miedo, pero mi papá seguía adelante, y cada ciclo que terminaba era una batalla que habíamos ganado.

Con el paso de los días empecé a notar algo que para mí era enorme: mi papá estaba volviendo, poco a poco recuperaba fuerzas, volvía a sonreír, su cabello comenzaba a crecer nuevamente y aquella persona que durante meses habíamos visto tan vulnerable empezaba a parecerse otra vez al hombre que conocíamos, no era solamente que los exámenes fueran mejorando, era verlo caminar con más fuerza, escucharlo hablar de cualquier cosa que no tuviera que ver con hospitales, verlo preocuparse nuevamente por su trabajo, por su familia, por su vida.

Y mientras mi papá comenzaba a recuperar su vida, algo también estaba cambiando dentro de mí, después de todo lo que había vivido en Cuenca yo había empezado a perder la confianza en la medicina, no porque hubiera dejado de creer en ella, sino porque había experimentado de cerca lo que ocurre cuando una enfermedad tan agresiva se enfrenta sin todos los recursos, sin el soporte adecuado y, muchas veces, sin sentir que existe alguien dispuesto a buscar una alternativa cuando el camino habitual parece agotarse.

Con la Dra. Bella fue diferente, por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien estaba peleando por mi papá con la misma intensidad con la que yo lo estaba haciendo, simplemente veía el caso, analizaba las posibilidades y tomaba decisiones con la seguridad de alguien que entendía que detrás de cada resultado había una persona y detrás de esa persona había una familia entera esperando una oportunidad, con ella volvió algo que habíamos perdido durante aquellos meses: la confianza.

Hay personas que llegan a tu vida y simplemente pasan, y hay otras que aparecen en el momento exacto en el que las necesitas y terminan formando parte de tu historia para siempre, creo que la Dra. Bella pertenece a esas últimas, cuando llegamos aquel 28 de diciembre con un hombre amarillo, edematizado y frágil, probablemente para ella era un paciente que necesitaba ser evaluado, para nosotros era mi papá, el hombre que había estado conmigo toda mi vida y que en ese momento necesitaba que alguien creyera que todavía había algo más por hacer.

Y ella creyó. Nos dio una oportunidad cuando nosotros ya estábamos acostumbrándonos a vivir esperando la siguiente complicación, nos mostró que todavía había caminos que explorar y que el hecho de que una enfermedad fuera agresiva no significaba que debíamos resignarnos a hacer siempre lo mismo, nos habló con honestidad, nos explicó las posibilidades y, sobre todo, actuó.

Ella también me devolvió algo que yo no sabía cuánto había perdido: las ganas de volver a creer en mi profesión, volví a sentir admiración por lo que un médico puede hacer cuando combina conocimiento, experiencia, humanidad y valentía, volví a tener sueños, volví a imaginarme creciendo como médico y algún día pudiendo hacer por otro paciente lo que ella hizo por mi papá.

Mi papá ha sido una de las personas que más ha hecho por mí en toda mi vida, me acompañó desde que era niño, estuvo detrás de mi educación, de mis sueños y de cada oportunidad que tuve, por eso, cuando enfermó, sentí que me tocaba devolverle todo aquello que él había hecho por mí, yo quería curarlo, quería conseguirle lo mejor, quería darle la oportunidad que él siempre había tratado de darme a mí.

Yo estaba buscando una oportunidad para mi papá, y terminé encontrando mucho más que eso: encontré una nueva oportunidad para él, una nueva oportunidad para mi familia y, de alguna manera, una nueva oportunidad para mí.

Cuando la lucha tomó otro camino

El 11 de mayo terminó el tercer ciclo de blinatumumab, después de tres hospitalizaciones de aproximadamente un mes cada una, regresar a Cuenca significó para la familia una pausa que hacía mucho tiempo no conocían, Freddy volvía a casa en mejores condiciones, con fuerzas renovadas y con el deseo de recuperar poco a poco la vida que había quedado suspendida desde el diagnóstico.

El plan era continuar con el tratamiento a comienzos de junio, durante los meses anteriores la familia había afrontado los costos bajo la cobertura de un seguro médico que contemplaba una participación importante de la aseguradora, pero también un aporte considerable por parte de la familia, por eso, cuando terminó el tercer ciclo, la expectativa era que la renovación de la póliza permitiera continuar con el siguiente.

Sin embargo, al momento de verificar la cobertura, apareció una realidad completamente diferente: la póliza se había renovado, pero el monto disponible para la cobertura médica no había sido restituido, el seguro continuaba vigente, pero los recursos que habían permitido financiar los ciclos anteriores ya se habían agotado.

La diferencia económica era difícil de dimensionar, un ciclo de tratamiento podía representar alrededor de 170.000 dólares, mientras que con el esquema de cobertura anterior la familia debía asumir aproximadamente 20.000 dólares mensuales, quedarse sin la cobertura significaba enfrentarse prácticamente al costo total del medicamento y, con ello, a una situación que hacía imposible pensar en continuar el tratamiento únicamente con los recursos familiares.

Freddy no conoció todos los detalles de aquella situación, la familia decidió protegerlo de la parte más dura del proceso y permitir que pudiera concentrarse en su recuperación, mientras sus familiares se encargaban de buscar una solución, no se trataba de una decisión administrativa aislada ni de un medicamento que pudiera simplemente posponerse indefinidamente: la leucemia exigía continuidad, vigilancia y una estrategia terapéutica definida por sus especialistas.

Así comenzó una nueva etapa de la lucha, si durante los primeros meses el desafío había sido enfrentar la enfermedad y conseguir el mejor tratamiento disponible, ahora se añadía una dificultad diferente: conseguir que ese tratamiento pudiera continuar dentro de un sistema que parecía avanzar mucho más lentamente que las necesidades de un paciente oncohematológico, la familia acudió a profesionales del derecho cercanos y de confianza, quienes asumieron el caso con sensibilidad y compromiso.

Mientras el proceso avanzaba, los viajes entre Cuenca y Guayaquil se volvieron parte de la rutina, había que solicitar documentos, coordinar con los médicos, entregar certificados y responder a cada nuevo requerimiento, muchas veces el día comenzaba de madrugada para poder estar en Guayaquil a primera hora y regresar después de completar las gestiones necesarias, todo debía respaldar correctamente la situación médica de Freddy con evidencia médica, respaldo profesional y absoluta transparencia.

El 3 de junio se inició formalmente el proceso para judicializar la solicitud, la familia siguió primero las vías correspondientes y encontró también profesionales del IESS que tuvieron la disposición de revisar el caso y respaldar la información médica necesaria, finalmente, el 9 de junio se dictaron medidas cautelares que permitían avanzar hacia la adquisición del blinatumumab, sin embargo, pronto comprenderían que obtener una decisión favorable no significaba necesariamente que el medicamento estuviera disponible de inmediato.

El 15 de junio se desarrolló la audiencia, Freddy estuvo presente junto con su familia y varios de los médicos que habían acompañado su proceso aceptaron participar para explicar la situación desde el punto de vista clínico: la Dra. Bella, el Dr. Ladines y el Dr. Muñoz, además de Freddy, su esposa y su hijo, todos participaron con una predisposición que la familia recuerda con especial gratitud.

El 1 de julio llegó la primera resolución, la decisión reconocía la vulneración de determinados derechos, pero otorgaba al IESS un plazo de quince días para determinar si correspondía adquirir la medicina, para la familia aquello representó una victoria incompleta: se había reconocido la importancia de la situación, pero el medicamento todavía no estaba disponible y el tiempo continuaba avanzando.

En medio de ese proceso ocurrió algo que volvió a demostrar la importancia de mantener una vigilancia estrecha, el 29 de junio se realizó una citometría de flujo del líquido cefalorraquídeo y posteriormente se identificó una población clonal de células linfoides B con fenotipo patológico correspondiente aproximadamente al 0,07 % de las células viables analizadas, el hallazgo fue compatible con un compromiso leucémico incipiente del sistema nervioso central, la respuesta tuvo que ser inmediata: se intensificó el tratamiento intratecal y se realizaron nuevas evaluaciones.

La respuesta posterior fue favorable, los estudios realizados en julio demostraron nuevamente ausencia de infiltración leucémica detectable en la médula ósea y mantuvieron la condición de Enfermedad Residual Medible negativa, las nuevas citometrías del líquido cefalorraquídeo tampoco demostraron células compatibles con leucemia después de las intervenciones intratecales, y el control del 3 de agosto mantuvo el líquido cefalorraquídeo sin evidencia de enfermedad detectable mediante esta metodología.

El 22 de julio llegó una nueva resolución, esta vez desde la segunda instancia, la decisión ordenaba al IESS entregar el medicamento en un plazo de 48 horas, para la familia fue un momento de alivio después de tantas semanas de documentos, viajes, audiencias y espera, sin embargo, las 48 horas pasaron y el medicamento no llegó.

Los días posteriores volvieron a estar marcados por la espera, los documentos debían regresar al juzgado de primera instancia para ejecutar la resolución y el proceso volvió a enfrentar nuevos retrasos administrativos, durante aproximadamente dos semanas el juez encargado del proceso permaneció de vacaciones y la familia tuvo que continuar esperando mientras se presentaban escritos y se informaba sobre el incumplimiento de lo dispuesto, una vez más, la realidad médica y la realidad administrativa parecían avanzar a velocidades completamente diferentes.

A pesar de todo, Freddy continúa con su vida, actualmente trabaja, hace ejercicio, duerme bien, come adecuadamente y mantiene una rutina que meses atrás parecía muy difícil de recuperar, sabe que el proceso todavía no ha terminado y que quedan etapas importantes por recorrer, pero conserva la tranquilidad y la confianza de que el tratamiento llegará y podrá continuar.

La historia de Freddy todavía no ha terminado, después de haber atravesado el diagnóstico, la inducción, las consolidaciones, las hospitalizaciones, las infecciones, tres ciclos de blinatumumab y ahora una interrupción terapéutica prolongada, la familia continúa esperando que el tratamiento pueda retomarse, la medicina ha respondido cuando se ha podido administrar el tratamiento indicado; ahora el desafío es conseguir que esa estrategia pueda continuar.

Durante este año la familia ha aprendido que la lucha contra una enfermedad como la leucemia no ocurre únicamente dentro de una habitación de hospital, también ocurre en las consultas, en los laboratorios, en los viajes, en los documentos, en las llamadas, en las decisiones médicas y en cada esfuerzo realizado para que un paciente pueda recibir aquello que necesita, ha sido una lucha silenciosa en muchos momentos, pero sostenida siempre por la misma convicción: Freddy merece la oportunidad de continuar con su vida.

Hoy la familia Navas Luna continúa esperando el tratamiento que Freddy necesita para seguir avanzando, no desde la resignación, sino desde la convicción de que todo lo conseguido hasta ahora merece ser protegido y llevado hasta el final, porque después de todo lo que ha atravesado, Freddy no está luchando únicamente por superar una enfermedad: está luchando por recuperar plenamente la vida que siempre quiso seguir viviendo.

¿Qué es el blinatumumab?

Una explicación sencilla sobre el tratamiento que abrió una nueva oportunidad para Freddy.
Diagrama educativo del mecanismo de acción del blinatumumab: conexión de los linfocitos T con las células leucémicas B
Representación educativa del mecanismo de acción del blinatumumab.

El blinatumumab es una inmunoterapia diseñada para ayudar al sistema inmunológico a reconocer y atacar células de la leucemia linfoblástica aguda de células B. Es un anticuerpo biespecífico que conecta los linfocitos T con las células leucémicas que expresan el marcador CD19.

Al acercar ambas células, el tratamiento facilita que los linfocitos T activen una respuesta dirigida contra la célula leucémica. Por eso puede ser especialmente importante cuando se busca eliminar enfermedad mínima residual, es decir, células que pueden permanecer después de otros tratamientos aunque no sean visibles con métodos convencionales.

El medicamento se administra mediante infusión intravenosa continua durante ciclos de tratamiento y requiere vigilancia médica especializada. La activación del sistema inmunológico puede producir efectos adversos relevantes, por lo que la administración, el seguimiento y las decisiones sobre su continuidad corresponden siempre al equipo médico tratante.

En la historia de Freddy, el blinatumumab representó una alternativa terapéutica que permitió avanzar después de meses difíciles. Esta explicación tiene un propósito educativo y no sustituye la valoración, la prescripción ni las indicaciones de sus médicos.

A quienes hicieron posible que llegáramos hasta aquí

Ninguna historia como esta se construye en soledad, detrás de cada etapa que Freddy ha logrado superar han existido personas que, desde diferentes lugares y responsabilidades, decidieron acompañarnos y hacer posible que hoy podamos seguir hablando de oportunidades, de tratamiento y de futuro, a cada una de ellas queremos expresar nuestro más sincero y profundo agradecimiento.

A la Dra. Bella Maldonado Guerrero, nuestro agradecimiento es especialmente profundo, su conocimiento, experiencia y criterio médico nos permitieron acceder a oportunidades terapéuticas que cambiaron el rumbo de la historia de Freddy y que, sobre todo, nos han permitido llegar hasta este punto con él junto a nosotros, más allá de su extraordinaria capacidad profesional, queremos reconocer la sensibilidad y el cariño con los que ha tratado a nuestra familia, gran parte de las oportunidades que hoy tenemos para seguir adelante han sido posibles gracias a ella.

Queremos expresar también nuestro más profundo agradecimiento a la Clínica Juan Tanca Campozano y a todo su personal médico, de enfermería, administrativo y de apoyo, quienes desde el primer momento nos hicieron sentir en familia y en quienes encontramos no solamente un enorme profesionalismo, sino también una calidad humana, un cariño y una dedicación que marcaron una diferencia durante cada hospitalización de Freddy, su esfuerzo ha sido parte importante de que hoy podamos verlo nuevamente bien, trabajando, haciendo ejercicio y recuperando la vida que tanto ama.

Al Dr. Javier Ladines, queremos agradecerle de manera especial por haber acogido el caso de Freddy con una generosidad y un compromiso que nuestra familia jamás olvidará, su ayuda siempre estuvo marcada por la disposición de hacer lo correcto por nuestro padre, sin buscar ningún beneficio personal y poniendo por delante las necesidades del paciente, desde el momento en que conoció nuestra situación encontramos en él una puerta abierta y una calidad humana que hizo que nuestra familia se sintiera acompañada.

Al Dr. Juan Muñoz, nuestro agradecimiento nace desde el comienzo de esta historia, fue una de las primeras personas que estuvo a nuestro lado cuando todavía no sabíamos exactamente qué estaba ocurriendo y necesitábamos respuestas, a pesar de la hora y de las circunstancias, tuvo la disposición de atendernos, revisar a Freddy y realizar oportunamente los estudios necesarios para llegar a un diagnóstico, por haber estado allí desde el principio, nuestra gratitud hacia él es sincera y permanente.

Finalmente, pero no menos importante, queremos expresar un agradecimiento muy especial al Señor Roberto Maldonado, una persona cuyo apoyo ha sido fundamental durante todo este proceso, el respaldo que él y su empresa han brindado a nuestra familia ha representado una ayuda que va mucho más allá de lo económico, contar con su comprensión y su respaldo ha hecho posible que pudiéramos mantenernos de pie y continuar buscando las mejores alternativas para Freddy.

A todos ellos, y a cada persona que de una u otra manera ha formado parte de este camino, gracias, gracias por haber puesto sus conocimientos, su tiempo, su trabajo, sus recursos y, sobre todo, su calidad humana al servicio de nuestra familia, lo que hemos conseguido hasta hoy también pertenece a quienes decidieron acompañarnos cuando más lo necesitábamos.

Gracias por darte el tiempo de leer esta historia. Mientras existan posibilidades seguiremos luchando contra la leucemia, y vamos a ganar la batalla.

Línea de tiempo

Un resumen de las etapas más importantes de su proceso.

  1. 1

    Julio – agosto 2025

    Los primeros síntomas

    Cansancio inusual, un moretón sin explicación y noches intranquilas. El 14 de agosto una biometría hemática mostró blastos en sangre periférica.

  2. 2

    18 de agosto de 2025

    El diagnóstico

    La citometría de flujo lo confirmó: leucemia linfoblástica aguda de células B. El tratamiento comenzó de inmediato.

  3. 3

    Agosto – diciembre 2025

    Inducción y consolidaciones

    Meses de hospitalización, quimioterapia intensa, una infección que se complicó y una encefalopatía hepática. La enfermedad respondió, pero su estado seguía frágil.

  4. 4

    28 de diciembre de 2025

    Conocemos a la Dra. Bella Maldonado

    En Guayaquil, una hematóloga estudió el caso y abrió una alternativa que no contemplábamos: el blinatumumab.

  5. 5

    Enero – mayo 2026

    Tres ciclos de blinatumumab

    Inmunoterapia en infusión continua. Poco a poco Freddy recuperó fuerzas y el trasplante dejó de ser necesario.

  6. 6

    Junio 2026

    Se agota la cobertura del seguro

    La póliza se renovó sin restituir el monto para cobertura médica. Con un ciclo cercano a los 170.000 dólares, la familia recurrió a la vía legal.

  7. 7

    Junio – julio 2026

    Medidas cautelares y resoluciones

    Audiencia con los médicos tratantes y dos resoluciones que ordenan al IESS entregar el medicamento; hasta hoy no ha llegado.

  8. 8

    Hoy

    A la espera del tratamiento

    Freddy trabaja, hace ejercicio y sigue una rutina normal. La familia espera que el tratamiento pueda retomarse.

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